Valentín Bueno Vargas, Alcalde del Ayuntamiento de Villarrobledo

Noticias Populares

viernes, 27 de mayo de 2011

Oídos sordos

En 1999, Juan Garrido y Emigdio de Moya, a la sazón alcalde de la capital y presidente de la Diputación Provincial, perdieron las elecciones. Por dignidad y vergüenza hicieron lo que se esperaba de ellos, no tomar posesión de sus actas. Entendieron y aceptaron el mensaje de las urnas. Es lo mínimo que se espera de quien siendo gobierno, pierde unas elecciones.

Acabamos de celebrar nuevos comicios. Jamás el PP había conseguido una victoria tan aplastante, o lo que es lo mismo, nunca jamás los socialistas habían recibido una bofetada de este calibre. Su debacle ha sido histórica.

Pero pasan las horas y aquí no se mueve nadie. Es como si no hubiera pasado nada. Nadie dimite. Cómo es posible que la alcaldesa socialista del Ayuntamiento de la capital esté decidida a tomar posesión como concejal de la oposición. ¿Es que no tiene un mínimo de vergüenza? ¿Con qué cara va a intervenir en los plenos si la gran mayoría de sus conciudadanos ya le han dicho que no la quieren?

Cómo es posible que Pedro Antonio Ruíz Santos, que ha perdido la Alcaldía de Villarobledo y la Diputación Provincial, no renuncie al acta, ¿es que no tiene un mínimo de dignidad? Y eso mismo podríamos preguntarnos con los alcaldes de Hellín, Caudete, incluso Tarazona, donde de ser alcalde, ha pasado a ser el tercero más votado. Es que nadie tiene lo que hay que tener para irse a su casa y dejar que corra la lista.

Claro que viendo el ejemplo regional no podemos extrañarnos. Barreda, siete años presidente y chorrocientos de vicepresidente, vamos que le salieron los dientes en el Gobierno regional, recibe un mensaje evidente de sus conciudadanos y no se da por aludido. Tomará posesión como líder de la oposición, absolutamente desautorizado, y posiblemente será elegido senador autonómico.

Y Paco Pardo, number one por nuestra provincia, que pasará, gracias a la derrota socialista, de presidente a vicepresidente de las Cortes. El caso es no bajarse del coche oficial ni perder el sueldo público. Como si la derrota no fuera con todos ellos. Y es que no hay más sordo que el que no quiere oír.